Treinta años después de La Gran Oleada, como la llamaron
ellas, el planeta se había regenerado a pasos agigantados. Sin ninguna clase de
polución que interfiriera en el desarrollo natural de las cosas, la vida siguió
su curso. Aunque casi desde el principio se instaló una especie de primavera
perenne, con máximas de veinticuatro grados durante el día y mínimas de diez
grados durante la noche. No sabían la razón de que las dos hubieran sobrevivido.
Seguramente fuera algo en su genética, siendo madre e hija, pero ya nunca lo
sabrían.
Por lo que pudieron comprobar según fue pasando el tiempo,
estaban solas en un planeta desolado. Tampoco se habían atrevido a incursionarse
mucho más allá de la Ciudad Desierta. Se asentaron en ella y gracias a la
agricultura y el ganado no tuvieron problemas para subsistir y se dedicaron a vivir
tranquilas. Alguien habría llegado de haber más supervivientes, suponían. Pero
no llegó nadie con el transcurrir de los años. Cuando empezaron a escucharse en
sus respectivas cabezas sin necesidad de hablar, no se lo cuestionaron mucho.
Los murmullos de otras voces habían empezado unos meses
antes. Sorprendidas y asustadas, esperaron expectantes por lo que a todas luces
eran más supervivientes. Las voces se iban aclarando y estaban seguras de que
también las escuchaban a ellas, así que procuraban no pensar mucho en su propia
ubicación. El tono agresivo que percibían no les gustaba nada. Vivían en una
paz que no querían que fuese perturbada. No habían necesitado a nadie en todas
esas décadas y no lo necesitaban ahora. Respiraron aliviadas cuando pudieron
entender algo de un gran mar que separaba al origen de las voces de donde las
dos mujeres se encontraban. Pero no eran estúpidas y sabían que encontrarían el
modo de atravesarlo.
Esa tarde leían, acomodadas en las tumbonas frente a su casa.
Ana levantó la vista sobresaltada al escuchar más claramente las voces en su
cabeza.
—¿Los has oído, mamá?
—Los oigo.
—Son todos hombres. Y quieren procrear. Salvar la especie,
dicen.
Julia abrió mucho sus ojos de noventa años y una chispa
maliciosa brilló en ellos. Su hija ya tenía sesenta y cuatro y menopausia desde
los cuarenta y ocho.
—Me parece que ya es demasiado tarde para eso —dijo la anciana,
estallando en carcajadas.
Ambas rieron juntas hasta que se les saltaron las lágrimas.