24 de mayo de 2022

EL SEÑOR QUE SE SENTÓ EN EL BANCO DE AL LADO

 



Damián caminó tranquilamente hacia la plaza de San Esteban y al llegar allí se acomodó en uno de los bancos. No había nadie. Se había quedado una buena y apacible tarde de abril, de esas en las que el sol calienta al punto justo y la temperatura agradable invita a estar al aire libre. Sacó un libro de su mochila y comenzó la lectura. Desde todos los silencios del mundo, concentrados en esa pequeña plaza, le llegaba la paz que deseaba.

No había pasado una hora cuando levantó la vista y lo vio. Acercándose algo renqueante, el anciano se sentó en el banco de al lado. Saludó a Damián y él le respondió educadamente. El señor comenzó a parlotear sin pausa, rompiendo así su mágico momento de sosegada lectura. Damián, lejos de exasperarse, abrió su mochila y sacó la bolsita. Le ofreció al desconocido un caramelo que este aceptó con sumo gusto y se llevó enseguida a la boca. Damián sonrió satisfecho. Fabricación propia, no dejaba rastro. El veneno actuaba directamente sobre el corazón y desaparecía al cabo de pocos minutos.

Siguió leyendo cómo si no pasara nada. Cómo si no acabara de matar a un hombre.