En uno de mis últimos sueños, volvía a tener treinta años y
había tenido un mal día. De nuevo mi padre y yo estábamos sentados en el salón
de su antigua casa del barrio de Olivares. Ya era de noche, tarde, todos
dormían en la planta de arriba. Nosotros
permanecíamos sin hablar, con la televisión puesta de fondo, sin verla ni oírla
realmente. Yo estaba de mal humor y cansada, muy harta de todo y de todos.
Menos de mi padre que permanecía a la espera. No se iba a ir a dormir hasta que
yo no soltara lo que tuviera que soltar y me fuera a descansar tranquila. A las
doce y media me levanté, fui a la cocina y puse hielo en dos vasos. Los coloqué
sobre la mesa frente al sofá, saqué la botella de Jack Daniel’s del mueble bar
y serví la bebida generosamente para ambos. Dejé la botella, por si acaso era
poco. Brindamos en silencio y dimos el primer trago. Empecé a decir lo que me
reconcomía por dentro, mientras mi padre escuchaba, asentía y bebía conmigo.
—Pero, ¿qué
hago contándote todo esto? Ya estás muerto. Bastante tienes con lo tuyo.
—Lo mío ya no
tiene solución. Lo tuyo a lo mejor sí, hija.
Suelo ser
bastante consciente de que mi padre está muerto aunque esté soñando con él.
Otra vez soñé que había vuelto a la vida y no veas qué jaleo fue intentar
explicárselo a todo el mundo. Que no, que no podía ser, nos decían.
—¿Cómo no va a
ser? ¿No ven que estoy de cuerpo presente? —les reclamaba mi padre a los
funcionarios del registro civil, que no querían certificar que estaba vivo de
nuevo. No se había visto nunca una cosa semejante y no sabían cómo tenían que
actuar al respecto. Lógico, si lo pensamos desde este plano de realidad. Pero
allí, en mi universo onírico, mi padre estaba vivo otra vez, para nosotros era
lo más normal del mundo ¡y todo eran problemas burocráticos para que se lo
reconocieran! En fin… Esa mañana me reí mucho al despertar.
Sueño que
enseña a mi hija pequeña a conducir. Paso por vivencias locas, absurdas, como
sólo pueden ser las cosas cuando soñamos, en las que él está a mi lado. Sueño
con problemas reales que me acometen en mi día a día sobre los que me escucha y
me aconseja. Nos sentamos de nuevo en el sofá a beber dos solos con hielo,
igual que hacíamos cuando él vivía. A veces hasta discutimos y se saca de la
manga ese tono autoritario de “yo soy tu padre, por eso tengo razón y tú no”.
Me deja llevar su autobús y eso que mi padre era electricista y, que yo sepa,
nunca condujo un autobús. Que pudiera ser porque estaba lleno de sorpresas.
Decía que una vez probó la carne de serpiente y yo le creo. No era de mentir mi
padre, “más que por verte reír”.
Sueño con el
hombre inteligente, ingenioso y divertido que era y con el que hubiera seguido
siendo si ese Parkinson devastador no se lo hubiera llevado. En realidad, se lo
llevó mucho antes de que falleciese porque mi padre dejó poco a poco de ser mi
padre para convertirse en un vegetal. Esa fue su muerte más dolorosa.
Sueño a menudo
con mi padre desde que murió. Va a hacer cuatro años de eso, pero el paso del
tiempo a él no parece importarle. Se las ha ingeniado para, a su manera, seguir
presente en mi vida. Y está bien así. Es reconfortante que, de un modo u otro,
siga conmigo. No lo he perdido del todo.
#historiasdepadres
